3 de septiembre de 2010

LOS ÚLTIMOS OLIVOS (Por Jaime N. Alvarado García)

La población “El Olivar” es –desde la década de los 50- albergue de los muchos pampinos que migraron hasta la ciudad. Fue llamada “Pablo F. Krüger”, en memoria del constructor de las oficinas “María Elena” y “Pedro de Valdivia” y los nombres de las calles, recuerdan muchas salitreras de tiempos idos.
    Pero, ¿Por qué “El Olivar”?
    En toda la extensión del predio donde se construyó la población “Pablo F. Krüger”, hubo un empecinado agricultor que plantó –a mediados de los años 40- más de 400 olivos, distribuidos en prolijas hileras, regados mediante una red de cañerías y mangueras. No se conocía el riego por goteo. Pero, aún así, los olivos daban buenas aceitunas.
    La crisis del agua que nos afectó en los años 50 sentenció la existencia de aquel olivar, que porfiaba por subsistir en un suelo tan árido y agresivo como el nuestro. Recuerdo haberlo recorrido cuando –plenos de entusiasmo- íbamos a presenciar la llegada de los autos de carrera. Eran los tiempos de Papín Jaras, Bartolomé Ortíz, Lorenzo Varoli, Sergio Neder y Nemesio Ravera.  Cuando el piloto argentino Salvador
Ataguille llegó a la meta en solo tres ruedas…
   Del olivar ya no quedaba cierre perimetral y los árboles comenzaban a secarse.
   Años más tarde, Enrique Frölich, también de descendencia germana, haría brotar los arenales de “La Chimba”, cosechando melones, sandías y un “cuantuay” de frutas, verduras y hortalizas impensadas para los “quinteros” antofagastinos.
  Vino la construcción de la población Pablo K. Krüger y con la mano de la diosa fortuna, la buena voluntad de algunos albañiles y la coincidencia en los planos, muchos olivos sobrevivieron… Y aún dan frutos. Otros olivos fueron talados y convertidos en leña por los propios moradores. Quizás si -como pampinos- no concebían otro árbol que no fuera el pimiento.
   Por esas cosas del destino, hace unos días visité a un colega que vive en uno de esos pasajes de la población “Pablo F. Krüger”. Y compartimos algunos condumios, incluyendo aceitunas… Frutos del generoso olivo que sobrevive desde esos años y que aún se permitió ofrendarnos un puñado de sus sabrosas aceitunas. En el momento de la despedida, por encima de los techos de casas aledañas, pude apreciar el enramado de otros olivos que se niegan a desaparecer: son los últimos testimonios de una bella historia de empeños.
   

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